La experiencia de tomar Transmilenio en Bogotá, es cada vez más traumática. Al llegar a la estación es una completa aventura saber si la suerte estará hoy conmigo, el corazón late con la emoción de la sorpresa y lo desconocido. Si será posible este día, que la ruta que necesito llegue a tiempo? Y que además disponga de un resquicio, por mínimo que sea el espacio, en el cual pueda encajar, haciendo piruetas y contorsiones, mi cuerpo?, donde pueda colgarme literalmente del resto de pasajeros, para apretujarme como supongo que lo hacen las sardinas en su ataúd de metal. Si estamos en invierno, el obligado paraguas se convierte en un horrible obstáculo. Si lo he usado para guarecerme de la fría lluvia bogotana, no sólo descargará toda su liquida continencia en mi ropa como una venganza por haberlo expuesto sin corazón al clima, si no que además me pondrá en problemas con los demás pasajeros al sentir que he transportado la inclemente lluvia dentro del bus. Si al fin logro sortear esta etapa, es una primera victoria, quizás la más significativa de la jornada, por que después vienen otras sublimes pruebas.
En cada estación donde debe parar el bus, a esa hora, 6:30 de la mañana, una riada de gente lucha, lo mismo que lo hice yo, por lograr como yo, un cupo dentro de esa lata de metal que ya no aguanta más presión.
Entre estación y estación, se da la prueba de humanidad mas escabrosa. Cara contra cara, cuerpo contra cuerpo, mirada contra mirada, las personas encerradas en este espacio, apretujadas unas contra otras, limitado su espacio vital por el cuerpo de los otros, debemos soportar lo que en ninguna otra circunstancia, excepto en la intimidad de la alcoba hogareña, aceptaríamos. Tener dos, tres y hasta cuatro cuerpos de seres humanos desconocidos apretujando mi cuerpo, envolviéndonos con su aliento, sosteniendo su propio cuerpo del vaivén del bus con el nuestro.
Al final del trayecto de 40 minutos a una hora queda una caricatura de la persona que salió de su casa limpio e impecable, no sólo con la ropa hecha un arrugado disfraz para un cuerpo magullado, si no, lo peor, para un alma que inicia el día con el orgullo herido y la moral hecha añicos.